Si yo fuera hombre, en muchos casos, soñaría con un cambio de sexo.
No es que sea yo, y Dios me libre, una experta en esto de desenvolverse por mundos nocturnos. Pero anoche salí con mi amiga al cine y a poner sobre el mantel melancolías, trucos de cama y confidencias varias (ay, qué despiste,las mesas nocturnas no tienen mantel, sino lustrosos barnices y ceniceros pseudomodernos...)
Saboreada y finiquitada la copa de licor pensamos en cerrar la noche directamente.No queríamos arrastrarnos el viernes como ridículos gusanos nocturnos fuera de hora.
Pero, y he ahí la mala fortuna, se interpusieron, a veinte metros de nuestro coche, tres mozos, dignos de rechazo cruel y sarcasmo ultrajante. Y dignos, para mi desgracia, de la obnubilación más imbécil, por parte de mi amiga.
Me suplicó que les acompañáramos a tomar la última copa a una discoteca de música estrepitosa, de esa que, estoy convencida, embrutece las cabezas. El resultado fue que mi amiga, al poco, desapareció con uno de ellos, prometiéndome que en breve volvería y con la garantía de que si la necesitaba, le llamase al móvil.
Otro de los amigos se marchó con una rubia metronoventa y yo me quedé con un pipiolo sin saber ni qué decir, no cómo bailar. Aferrada a mi cerveza, que era lo único conocido en el lugar, y escudada bajo la apariencia de mujer salida de la selva amazónica, o sacada de Matapozuelos de Abajo (con todos mis respetos hacia los matapozuelenses)por la apariencian de tía dura y de "no te me acerques a más de dos metros o te meto dos ostias".
Pero el mozo, además de tener una conversación poco iluminada culminó su demostración de sublime gilipollez con un "y ¿por qué no nos vamos tú y yo por ahí?". A lo que respondí "Lo siento, chaval. Has elegido mal. Tú amigo esta noche se comerá un colín, pero tú no."
Acto seguido, el churumbel de cabellos marrones (creo) me miró con cara de asombro y soltó un "¡¡Pero qué tía más arrogante!!¡¡ Tenías que escucharte!! ¡¡Te pensarás que quería pasar contigo toda la noche!!"
Dos frases más adelante concluí con un "Si vas a irte, lárgate ya." Y se fue.
Las dos siguientes horas las pasé en la calle, bajo una inclemente helada, esperando a que apareciera mi amiga, con las llaves de mi coche.
Hasta los gorilas de la discoteca se compadecieron y me prestaron abrigo a la puerta del local mientras cerraban. Mi amiga no tenía cobertura. No sé dónde diablos les llevaron los caminos de la pasión desbordante, pero desde luego, bien cerquita del infierno.
Hoy he dormido hora y media. Y maldigo a los hombres que tienen al pene como organizador de su vida y baremador del atractivo de la persona que tienen delante.
Si yo fuera hombre, en muchos casos, soñaría con un cambio de sexo.
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