Y sin mirar atrás más que unas horas
Quiero recordar y refugiarme en un fin de semana delicioso, lleno de éxitos y fracasos hechos éxitos.
Años han tenido que pasar para volver a dormir en aquella cama. Creo que desde pequeña no me sumergía entre sus cuidadas sábanas. La casa de mi abuela.
Ya de otro modo, llaves en mano, y de bruces contra mis más párvulos recuerdos abrimos las puertas de la casa de mis días de niña. Muchas cosas han cambiado. El suelo, las paredes, la cocina... Pero es la misma casa. Allí donde jugué, donde me sentí mimada, donde mi abuela me daba los colacaos con magdalenas más ricos del mundo, donde mi abuelo dibujaba perfiles de señorita en el vaho de la puerta del corral. Allí donde jugué con las gallinas y me escondía de los marranos grandotes. Allí donde aprendí a reír, a beber leche de pura vaca, a pintar, a andar en bici. Sí, mi abuelo, aquella tarde soleada de verano, me enseñó a andar en su bici de hierro...
Allí donde huía del daño diario, del daño por costumbre... donde reposaba mi anciana mirada de niña, donde retomaba mi vida infante...
Hacía frío. Nadie vive en esa casa ya, salvo en verano, que se llena de vida. Hacía frío. Mucho frío, tal vez. Pero no me enteré. Mirara donde mirara, veía, sentía, recordaba. Mirara donde mirara añoraba aquellos años. Hubiera pagado bastante más de la cuenta por haber regresado unos segundos tan sólo al pasado. A ese pasado.
Al día siguiente nos fuimos. No me dolió. Volveré. Volveremos.
Kilómetros de autovía y rumbo a mi tierra. Las bicis traqueteaban en la parte de atrás. Próximo destino, Las Médulas,mina de oro, en Ponferrada.
Frío. Mucho frío. Niebla. Asfalto húmedo y paisaje negruzco. El carbón... Suerte que de camino a Carucedo la niebla se disipó y nos dejó a cambio un cielo azul intenso, añil.
Una preciosa ruta por las Médulas nos condujo a la brutalidad del trabajo dos mil años atrás.
Disfruté, como siempre, de ti y contigo. Ahora tiras tú en la cuesta. Ahora voy yo delante. Vaya subida, ourf. Tira, que yo paro un segundo. Venga, que ya está hecho. ¡Vaya vistas!¿Compartimos la manzana? Espera, que abro el termo con té caliente. mMmmm, qué bueno...
Finalmente rápidos kilómetros de bajada al coche rozando los cero grados... y terminamos en un hostal perdido, al amor del pulpo y el Frangélico pasado por agua caliente.
Preparamos la ruta del día siguente, sin saber que no podríamos. Mapas listos, GPS... La avería de mi bici apañada... Un dolor en tu espalda y otro en mis piernas (lo mío era puro agotamiento) nos impidió seguir. Pero como no hay mal que por bien no venga, a cambio, disfrutamos de una deliciosa "siesta" al calor del sol de febrero. Ladera suavemente inclinada, protegidos del gélido viento del Morredero. Silencio. Mucho silencio. Desconexión absoluta.
La sombra hizo que nos levantáramos de allí (con más pesar que frío) y aprovechamos la ocasión para visitar a Tomás.
Tomás es el alma del Albergue de peregrinos de Manjarín, pueblo abandonado del Camino de Santiago. Templario, esotérico, sabio y escudriñador de miradas perdidas.
Pero no estaba aún. Su viaje terminada dentro de dos días.
En su lugar nos encontramos a Paco, su mujer y Pilar. Cálido café en el albergue, y recuerdos para todos.
Pocos kilómetros más adelante me enseñaste un lugar directamente traído de la Edad Media para colocarlo allí, en la cumbre del Foncebadón. Delicioso café con sabor a domingo por la tarde, en plena puesta de sol. Caía el frío.
Todo tan delicioso que me quedé con ganas de multiplicar el fin de semana por diez.
Maldito lunes amargo...
Me pregunto, a veces, dónde está el motivo para seguir...
No tengo más que mirar unas horas atrás y no mirar hacia adelante ni un sólo instante.
Gracias por estar.

