He vuelto a sentarme a tomar pipas
Saliendo de Urueña, el "mirador de castilla".
La ruta
comienza con una agradecida bajada (agradecida si no te comes los
pedrolos tamaño patata, como me pasó a mi, jejeje) y salimos a la
derecha, bordeando el pueblo amurallado.
Ancha es Castilla y cuánta razón tenía.
Un pedregoso camino hacía vibrar nuestra voz y nuestra respiración. El aire de cara y el cielo al borde de la tormenta.
Mucho silencio...
Líneas horizontales...
Manchas de color oro, verde, rojo amapola, marrón...
Y mucha suavidad.
Pasamos
un pueblecito, con sus calles desiertas, su perro recostado, sus
casitas de adobe, su palomar frente al cementerio, su acequia de agua...
Todo parecía dispuesto.
Nadie en las calles.
Cuatro gotas humedecieron mis rodillas, mensajeras del tormentón de verano que caería a continuación.
Escogimos un bar, cualquiera.
Y
volví a sentarme en una terraza cubierta a tomar rica cervecita, comer
ricas pipas y esperar a que escampara. Sin nada más que hacer que
disfrutar de la compañía y someterme a la voluntad del cielo...
Mientras los hombres discutían de la sequía y de que si antes se vivía mejor que ahora...
Surcos en las caras, pieles curtidas, manos gruesas y ásperas y las espaldas encorvadas...
Quién dijo que Castilla era yerma porque no se trabajaba en ella...
Y me enternezco ante la cotidianeidad rural...
La lluvia se repliega y se ha levantado brisa fresca.
Me prestas tu abrigo. Qué gestos...
Vuelvo empapada de agua, de olores, de luces...
...de calor.



