Garmo Negro
Pelea...
Garmo Negro. Garmo cubierto de nieve y hielo, vestido de niebla, pero, al fin y al cabo, en sus entrañas negro.
Goliat y David. Otro reto del hombre frente a la Naturaleza. La pequeñez más absoluta frente a otra atractiva mole de piedra viva.
Tras el frustrado intento de abordar el Taillón, fuimos a la conquista de este 3000, sito en Panticosa.
El día amaneció tranquilo, silencioso, como todos los amaneceres. Nos desperezamos felices, sabiendo que íbamos a desgastar nuestras voluntades para conseguir lo que muchos denominan "la conquista del absurdo": subir para luego bajar.
Comenzamos la caminata perfectamente equipados por los bosques que rodean el balneario de Panticosa, bañados de numerosos manantiales fruto del deshielo.
Bello contraste de agua, roca, hierba, árboles cuajados de brotes nuevos y frescos...
El suave clin-clin de los bastones contra las piedras sería sustituido en breve por el cortante silbido de los crampones en la nieve. Nieve que por el sol se había reblandecido y dificultaba la marcha.
Aún así, albergábamos la esperanza de que el terreno se endureciera en algún momento, porque ir caminando con la nieve hasta las rodillas resultaba a veces desesperante y desgastante, pero..., no había manera. Parecía que el blanco elemento se empeñaba en hacernos desistir de nuestro objetivo.
Continamos el ascenso por la cara sureste del Garmo Negro. Era una pelea continua. Las pisadas se hundían una vez más y eso atacaba directamente nuestra voluntad.
Para colmo, la niebla se encargó de privarnos de lo que nos motivaba a seguir adelante. La cumbre desaparecía en medio de las nubes y por ende, el resto del paisaje, también.
Ahora era el tesón y las barritas energéticas lo que nos hacía seguir.
Por fin llegamos a un collado desde el cual se tenía la sensación de estar a punto de besar la cima. Allí nos encontramos con otros montañeros que nos alentaron aproximando el final del trayecto a nuestra imaginación.
Comenzamos el ascenso final, una pendiente pronunciada, cubierta de hielo y nieve. La inexperiencia se encargó de disparar la adrenalina y entonces la lucha no sólo era contra el medio, sino contra uno mismo. El miedo a la caida, a la inestabilidad del hielo y la inclinación del terreno hicieron que aflorara el NO PUEDO en el consciente, pero gracias al ánimo y la presión psicológica sabiamente dosificada por mi eterno compañero de cumbres, nos llevó felizmente al final del trayecto.
Desde allí apenas se vislumbraba nada, así que llegar fue tan efímero, tan instantáneo... El frío y la nieve nos hicieron bajar rápidamente.
Por suerte, el descenso fue cómodo y divertido. Practicamos el famoso deporte (aun no entiendo porqué no lo hacen olímpico) del culo-esquí, y casi sin enterarnos, llegamos abajo.
Un ascenso hecho..., y perdón por la expresión, por huevos.
Ya abajo teníamos la sensación de habernos ganado a nosotros mismos, más que de haber logrado coronar un pico.
Qué es lo que mueve a un montañero a seguir peleando? qué es lo que se asciende realmente?
Sea lo que fuere, una semana más tarde nos encontrábamos en el norte de Palencia, frente a la arista Este del Espigüete.
Pero eso..., en unos días :-))

