A pesar de haberme acostado tardísimo, ayer a las 6 de la mañana estaba ya en pie. Preparé el bocata, el termo con café, preparé el material y tras una ducha rápida, puse rumbo a la Pedra.
Habíamos quedado otras veces. Pero no sé por qué, esta, presentía, iba a ser diferente.
Y presentí bien.
Llegué muy tempranito. Mucho más tempranito que él. Me senté en el maletero de mi coche, con el portón abierto, y me bebí mi café y me comí los bizcochos que había comprado. (Normalmente, me hubiera pedido un café con donut en el bar de Cantocochinos, pero como estoy enfadada con el sistema, pues yo me lo guiso y yo me lo como) Mi mochila por respaldo y el airecito fresco de la mañana en las piernas.
Por fin aparece, con toda su prole, unos amigos... Baja del coche y se le acerca gente a saludarle. Yo no di señales de vida y cuando despistado va al bar a buscarme, le llamo desde mi posición estratégica. Me ve y sonríe. Y yo me alegro de verle.
Al rato estábamos de camino al Hueso, una pared de granito tremendamente estética. Un gendarme en forma de hueso de jamón serrano se sostiene adherido por dos puntos a un muro, mientras a la vez se arquea caprichoso, formando un arco difícil de describir. (No subí la cámara)
Su cigarrito a pie de vía.. y "pa'rriba".
Sube como un gato. Se conoce las piedras casi mejor que a sí mismo. Y yo voy como una panoli, descubriendo el mundo desde esa altura, los ojos como platos y esa sensación tan especial que hace que se ensache el alma.
En el sexto largo la pared tiene un asiento perfecto justo en la reunión. Nos sentamos allí a mirar lo que normalmente no podemos ver. -"Aquí no se sube ni con dinero, ¿eh?"
Allí sólo se sube con un amigo. Es la única manera de disfrutar aquello.
Hicimos cumbre poco después. Me descubrió un bosque de robles, perdido entre rocas. Hilos finos de agua coloreaban las paredes, que, al sol, parecían tener un color entre verdoso y dorado. Y no se oía nada... nada, nada. Y qué bien se está sin oir nada... Y cuando no se oyen cosas fuera, se empiezan a oír cosas dentro.
Y se oye la alegría.
Tiene un sonido especial que presiona ligeramente las cuerdas vocales hacia arriba. Creo que ese sonido lo impulsa todo hacia arriba. Por eso sonreímos. Por eso elevamos los brazos cuando estamos alegres... Por que la alegría vive arriba. Arriba de cualquier lugar.
No hacía falta decir mucho. El silencio hablaba por nosotros.
El problema fue el destrepe... Ahí sí hablé, ¡¡sí!!
¡Ay, que me caigo!
¡¡Que me resbalo, que me resbalo!!
Espera, cógeme la mano, que me da miedo saltar.
Y ahora..¿¿¡¡¡dónde pongo los pies!!!??
Uy, uy, uy, que yo ese salto no lo pego ni borracha... -"espera, que te cojo a caballito, anda"
Ja, ja, ja, ja. Me río ahora de mi torpeza. ¡¡Qué alivio cuando vi nuestras mochilas ya cerquita!!
Agüita fresca a pie de vía, rodeados de robles y comenzamos a bajar, ya por el camino.
Y creo que cuando más alta estuve fue a la bajada. La conversación se iba enriqueciendo con cada paso y descubrí de qué manera se esconde bajo esa apariencia "temeraria", un ser profundamente comprometido con su forma de pensar, un ser que siente y sufre por sí mismo y por los demás. Alguien a quien no le importa perder y pelearse contra el sistema por defender sus ideas. Alguien que no está a la venta, y por lo tanto, no es comprable con dinero.
Me gustó aquello que dijo de..."yo con cincuenta tengo la misma mentalidad que tú con treinta. Y tú con treinta tienes la misma mentalidad que yo con cincuenta. ¿Quién tiene la edad de quién?"
Es verdad. La edad es una variable circunstancial, que no condiciona, para nada, la mentalidad de las personas. Otra cosa es que los vagos de mente y de imaginación se escuden en los años para no cambiar, para no adaptarse al mundo, para no mejorar, para no reflexionar y entender...
Y me vi orgullosa de sentirme su amiga. Siempre estoy orgullosa de mis amigos. Pero ayer tuvo algo de especial.
A la vuelta ya en el coche, sola, un par de lagrimillas felices resbalaron por mis mofletes y me empañaron las gafas de sol.
Tengo mucha suerte. Son pocas, muy pocas, las personas que encuentro con "esa" forma de sentir y vivir.. No importa dónde estén, ni la edad. No importa su imagen, ni sus formas...
De ellos lo que más vale es el poso de sabiduría que hay en cada mirada al horizonte.